jueves, 29 de noviembre de 2007
Profanación
Ella supo desde siempre que profanarían su tumba. Ese conocimiento le asaltó durante algún mal sueño y aparecía también, de pronto, durante las horas de vigilia. La idea le pareció repugnante, más, incluso, que la de ser violada por un hombre violento, contrahecho y maloliente. Habló de esto con sus padres quienes trataron de aminorar el miedo dándole infusiones que la sedaban, para evitar las pesadillas. Por un tiempo logró alejar su angustia y la imagen de ser descubierta en estado de putrefacción. Jamás tuvo problemas para mostrar su belleza y su sexo; pero le aterraba que alguien pudiera ver más allá de su piel, que le viera la muerte oculta en cada hueso, en cada fibra, en cada célula. No fueron suficientes los mimos de sus padres, ni el consejo de amigas, sacerdotes y terapeutas, el miedo creció, se hizo insoportable, le desquiciaba la llegada inevitable del mes de noviembre. Así, en octubre, eligió la única manera de acabar con su tormento, puso fin a su vida. La enterraron en el cementerio de Santa María y ahí descansó en paz, hasta el día en que un vigilante descubrió su tumba profanada, y ella le mostraba su muerte al mundo.
martes, 20 de noviembre de 2007
Escarabajos
Todos conocen mi propensión al estudio de los animales extraños, es por eso que nadie se sorprende si me ven hurgando en los jardines y los parques, o encaramado en algún muro para seguir el camino pertinaz de las hormigas. Fue así, curioseando, que di con una especie de coleóptero, un escarabajo, que tiene la facultad de mimetizarse, adquiere la textura y el color del entorno, así oculta su presencia para lograr dos cosas: por un lado evita ser descubierto y destruido por sus enemigos naturales; por el otro aguarda el descuido irremediable y fatal de su presa. Las alas que oculta su caparazón le resultan inútiles porque nunca vuela, sólo se arrastra. Habita casi con exclusividad en los rincones más oscuros de los edificios públicos, aunque puedes encontrarlos, a veces, en otros lugares, también públicos, pero siempre atraídos por el aroma del poder que los seduce. Miden de cinco a diez centímetros, según su edad y su sexo. Son de un color metálico, azuloso y atrayente. Aparentan ser amables y gustan de asolearse en grupos, salen de sus guaridas sombrías y se reúnen para tomar la luz mientras frotan sus élitros para producir una especie de música que, por momentos, puede resultar agradable y adormecedora. Tienen, sin embargo, una característica repulsiva: son predadores y su objetivo son los otros individuos de su misma especie. Con el afán de saber un poco más del insecto recolecté algunos y los llevé a mi casa para examinarlos con cuidado. Al llegar los saqué de la caja en la que los había depositado y grande fue mi sorpresa al no encontrar más que puros cadáveres. Los bichos se comieron y mutilaron uno al otro, transformaron el depósito en un campo de batalla y en el fondo sólo quedaron cuerpos desgarrados. Fue tal el asco que sentí que, por lo menos durante algún tiempo, abandoné todo interés por los animales y ocupé mi tiempo en redactar parábolas.
martes, 13 de noviembre de 2007
Alas
La ciudad se cubrió con alas. Todas las personas estaban intrigadas. Los niños las recogían y confeccionaban con ellas una especie de colchones en los que jugaban complacidos. Primero pensamos que se trataba de alas de mariposas, devoradas por los pájaros, pero los entomólogos pronto refutaron nuestra suposición. Era tal cantidad de alas, tan rara su textura y su color, tan grande la variedad de tamaños, que no podía explicarse su presencia con base en los insectos conocidos. Algunos fenómenos extraños acompañaron la proliferación de alas: aumentaron la violencia y los suicidios; las iglesias y los campanarios se llenaron de grietas; algunos niños asesinaron a sus padres que dormían; de vez en cuando se oían desgarradores gritos; se incendiaron los parques y mercados; las noches se tornaron más oscuras. Todos abandonaron sus hogares, la ciudad se vació. Terminé vagando solo por una ciudad que se volvió ruinas. Las alas me dificultaron los pasos. Dediqué todo mi tiempo y los cada vez más escasos períodos de luz a investigar el fenómeno de las alas. Después de muchas lecturas, pesquisas y meditaciones, llegué a la única respuesta posible: por alguna razón, que no vislumbro, se murieron los ángeles.
martes, 6 de noviembre de 2007
Insectos
Una tarde mi biblioteca se llenó de insectos. Unos animalitos parecidos a gorgojos infestaron anaqueles y paredes. Rocié insecticida para eliminar la plaga, pero fue inútil, la proliferación de bichos no disminuyó, parecía un aquelarre de polilla la noche de San Juan. Limpié de polvo los cantos y lomos de los libros. Tomé al azar dos o tres ejemplares y los abrí para ver si descubría los nidos. Mi sorpresa fue grande, ante mi vista las letras se transformaban en gorgojos y los libros quedaron como cuadernos en blanco. Ante la inutilidad de las medidas tomadas, empecé a matarlos al viejo estilo de la abuela, como piojos, presionándolos entre las uñas. Los más difíciles de aniquilar, los más duros, eran los que correspondían a las eses y las aes. Después de mucho tiempo noté que la plaga menguaba. Enflaquecí por la descomunal tarea. Me vacié al mismo tiempo que cumplí con mi exterminio. Por fin tuve al último gorgojo entre mis uñas, dudé un poco antes de oprimir, pues sabía que tal vez matar a la última letra, transformada en insecto, era en realidad una forma de suicidio.
viernes, 2 de noviembre de 2007
Angelica
Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
pero debo seguir muriendo hasta tu muerte.
Olga Orozco
Contar la historia de Angélica no parece, a primera vista, algo interesante, salvo el asunto de su muerte. Sus primeros años transcurrieron en una situación privilegiada. Hija de un importante personaje de la comunidad, nada le faltó para satisfacer sus necesidades y aun sus caprichos. Sus días eran casi todos iguales: clases con una institutriz tolerante y permisiva; paseos por los jardines; visitas ocasionales al corral y a la huerta; recorridos, en las tardes lluviosas, por el laberinto que formaban las incontables habitaciones de la casa grande; tardes enteras en la biblioteca en busca de ilustraciones interesantes. Como hija única siempre se vio rodeada de las atenciones esmeradas de sus padres, familiares y sirvientes. Ella siempre pensó que vivía en un castillo y era una princesa. Los únicos miedos que la persiguieron provenían de sus sueños, de los ruidos inexplicables de los sótanos, a los que nunca le permitieron bajar, y de la espada que colgaba sobre la chimenea. La espada perteneció a un militar al que todos se referían como El abuelo, pero la relación familiar entre Angélica y el dueño del arma era imprecisable porque se hundía en un remoto pasado. Nunca supo la razón de su miedo a ese instrumento brillante que reposaba medio salido de su vaina, era, tal vez, porque intuía su filo peligroso, o por las historias de guerra, violencia y muerte que rodeaban a la figura del abuelo.
A la orilla del río, Angélica observa cómo los caballitos del diablo trazan líneas ondulantes en el agua, sus alas casi no se ven, son como manchas de luz azul que se detienen por instantes en los tules o en las piedras mojadas. La niña mete las manos en el agua para sentir el beso de los peces en sus dedos. Llora. Este día conoció la soledad. No fue por el regaño de su padre ni por la mirada fría de su madre, tampoco por la culpa. Se aventuró a penetrar en los misterios de los sótanos prohibidos porque hoy amaneció llena de preguntas. Algo en su interior cambió, dejó de ser parte de la casa y del paisaje, se supo única, diferente, las cosas dejaron de tener sentido y cada objeto, cada hueco, cada persona se volvieron unas pregunta sin respuesta. Por eso se fue al río, para ver si el murmullo del agua, o el de las hojas mecidas por el viento, podrían proporcionarle una respuesta. Siempre que Angélica se siente sola recuerda esta escena junto al río, han pasado muchos años pero el dolor nunca volvió a dejarla, lo siente como una libélula de alas azules que le revolotea por dentro. Algo se le rompió en las escaleras húmedas del sótano y, desde entonces, vaga por el mundo sintiéndose incompleta y con el hueco doloroso de la pérdida, es como si trajera la espada del abuelo atravesada en el vientre.
Otra cosa que Angélica recuerda con mucha claridad es una lectura. Unos días antes del episodio del sótano encontró un libro con ilustraciones de mujeres que viajaban sobre nubes. El libro, escrito por un tal Marcel Schwob, inicia con un discurso de Monelle que dice: “Yo soy la que está sola. Porque estoy sola me darás el nombre de Monelle, pero no olvidarás que tengo todos los otros nombres”. Angélica quedó impactada por estas palabras, se grabaron a fuego en su memoria, ella se sabía Monelle y creyó que las mujeres salían de la noche y volverían a la noche. Creyó también, como el personaje del libro, que: “Ninguna mujer puede permanecer junto a vosotros... Os enseñan la lección y luego se van. Vienen en medio del frío y de la lluvia para besar vuestra frente, después, las espantosas tinieblas vuelven a tragarlas”. Por eso Angélica buscó siempre la luz, abría puertas y ventanas, limpiaba con esmero el piso y las paredes para fabricar espejos que destruyeran la sombra con su brillo. Sin embargo, la oscuridad nunca se fue del todo, siempre estuvo ahí, como una presencia fatal y amenazante. Angélica creyó, por incomprensibles razones, que la negrura era parte de su propio ser, manaba de todos sus orificios. Alguien la convenció de que el mal habitaba en ella, convertido en manzana, y decidió beber el agua del Leteo, trató de olvidar las palabras de Monelle y la oscuridad del sótano. Muchos años vivió con un vaso de ron entre las manos.
El devenir desgasta, todo lo transforma en ruinas. Así se diluyó el castillo y los corrales y la huerta. Del río sólo quedó su cauce, desquebrajado y seco, sin tules y sin sauces. Todo se perdió en la polvareda que dejaron los cascos del poder en su cabalgata ciega. De todo, Angélica sólo retuvo la espada del abuelo. La espada fue otorgada en herencia a la esposa del militar, cuando éste se perdió durante alguna de las muchas batallas en el siglo diecinueve, de ahí pasó a la hija mayor y luego a otra, nunca más la empuñó un hombre, estuvo al cuidado de las mujeres como un símbolo de la presencia insoslayable del patriarca. En el caso de Angélica significó también el miedo, era el trozo de un pasado perdido para siempre. Algunas veces, cuando ni el vino lograba disipar las sombras, Angélica empuñaba la tizona y tiraba mandobles a la nada con la esperanza de asesinar fantasmas.
—Cuidado Pancho, fíjate cómo pateas la pelota, no vayas a romper un vidrio de La llorona.
Pancho nos vio a todos, sentados, o mejor, tumbados en la banqueta, sudorosos y cansados después del juego. Nos arrojó la bola con la mano y caminó despacio hacia la casa blanca, la casa de La llorona. Angélica era conocida por nosotros con ese sobrenombre. La llamábamos así porque su apariencia era fantasmal, muy blanca, de pelo largo y claro, siempre vestía una bata de tela transparente y caminaba con lentitud, como flotando, como entre nubes, volaba creo, al menos eso pensábamos cuando la veíamos agazapados desde la ventana. Seguimos a Pancho y nos asomamos una vez más para ver al fantasma, sólo que ahora ella nos vio, se acercó a nosotros y nos hizo una seña para que pasáramos. Nos acercamos a la puerta negra de metal, con timidez, en fila como si estuviéramos bajo las órdenes de una maestra. Nos abrió la puerta y nos condujo a su alcoba, una vez ahí nos pidió que nos sentáramos a los pies de la cama, los que no cupieron fueron instalados en sillas ubicadas a los costados. Angélica se colocó en la cabecera, se despojó de la bata y quedó completamente desnuda, su piel resplandecía iluminando la estancia, ni una sombra pudimos ver, la única oscuridad detectable era lo rosado de sus pezones y lo castaño de su bello púbico. Después tomó un libro que reposaba en la almohada y comenzó a leer. Su voz salía como arrastrada, inentendible. Ninguno de nosotros supo qué leía, sonaba misterioso, pero estábamos fascinados, inmóviles, con la mirada fija en ese cuerpo de mujer desnuda que para nosotros era un descubrimiento, una revelación. Recuerdo bien la luz, su piel pálida, la textura satinada de la colcha que apreté con las manos, el intenso y penetrante olor a alcohol que se desprendía de la mujer, y del vaso y la botella que estaban en la cómoda. Terminó de leer y sin vestirse nos acompañó a la salida. En cuanto pisamos la calle corrimos sin parar hasta la casa de la abuela, huíamos, sin saber por qué, de la casa sin sombras.
La visita se repitió dos o tres veces, siempre igual; ella con el libro en las manos, nosotros absortos en la voz y en el cuerpo desnudo. Nunca supe más de ella, lo que te cuento es una invención, como todo lo que se transforma en discurso. Lo que puedo decirte son pedazos de una historia, de varias historias, que rescaté de la basura, de las voces maledicientes de los habitantes del barrio, de los rumores. Angélica no fue apreciada por sus vecinos, la veían como un peligro, de ella se dijeron las cosas más insólitas, alguien incluso afirmó que la vio desnuda por la calle, con una espada que blandía en la mano.
Le decíamos La llorona porque con frecuencia la vimos, a través de la ventana, llorar larga y silenciosamente. Tal conducta nos parecía inexplicable y extraña. Angélica vivía sola. Los rumores que corrían en torno a su vida y su pasado eran de la más variada índole, a cual más de misterioso y sorprendente. Alguna vez, mientras jugaba en el patio, escuché una conversación de los adultos que se descuidaron, o no se percataron de mi presencia. Ellos hablaban de Angélica y un padre rígido, cruel, que castigaba a la niña encerrándola desnuda en los sótanos húmedos de la casa grande; alguien mencionó la posibilidad de violaciones y maltratos; otro negó tales atrocidades aduciendo que sólo se trataba de una enfermedad mental grave, transmitida por la sangre como un castigo a los excesos del abuelo.
Años después, mientras hojeaba unas revistas que me regaló mi padre, encontré un recorte de periódico, era un pedazo de la nota roja, amarillento y sin fecha. En el recorte se da cuenta de la muerte de Angélica. La nota, resumida, dice más o menos lo siguiente: Aterrador descubrimiento. Una mujer de nombre Angélica B. fue hallada, sin vida, esta madrugada. La policía no ha logrado esclarecer los hechos, aunque hay varias líneas de investigación. Una de las versiones afirma que la occisa, ebria, jugaba con una vieja espada y accidentalmente cayó clavándosela en el vientre. Otra, que algún malviviente intentó violarla y, al resistirse, fue muerta con una espada que guardaba como reliquia de familia. Había dos o tres versiones más, ninguna fue confirmada. Se interrogaron a vecinos y familiares pero todos discreparon en sus declaraciones. Sólo en un punto hubo coincidencia: fue difícil hallarla porque la casa estaba total y absolutamente a obscuras. A pesar de que ya estaba entrada la mañana ni un rayo de luz se filtraba en la casa, fue necesario romper los vidrios de las ventanas y retirar todas las cortinas para reconocer la recámara y el cuerpo. Un dato puesto al final de la nota, aparentemente inconexo, casi para rellenar, mencionaba los objetos encontrados en la escena: una botella, medio vacía, con un poco de ron, la fotografía de un casco de hacienda en ruinas, El libro de Monelle y una novela titulada La muerte del samurai.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
pero debo seguir muriendo hasta tu muerte.
Olga Orozco
Contar la historia de Angélica no parece, a primera vista, algo interesante, salvo el asunto de su muerte. Sus primeros años transcurrieron en una situación privilegiada. Hija de un importante personaje de la comunidad, nada le faltó para satisfacer sus necesidades y aun sus caprichos. Sus días eran casi todos iguales: clases con una institutriz tolerante y permisiva; paseos por los jardines; visitas ocasionales al corral y a la huerta; recorridos, en las tardes lluviosas, por el laberinto que formaban las incontables habitaciones de la casa grande; tardes enteras en la biblioteca en busca de ilustraciones interesantes. Como hija única siempre se vio rodeada de las atenciones esmeradas de sus padres, familiares y sirvientes. Ella siempre pensó que vivía en un castillo y era una princesa. Los únicos miedos que la persiguieron provenían de sus sueños, de los ruidos inexplicables de los sótanos, a los que nunca le permitieron bajar, y de la espada que colgaba sobre la chimenea. La espada perteneció a un militar al que todos se referían como El abuelo, pero la relación familiar entre Angélica y el dueño del arma era imprecisable porque se hundía en un remoto pasado. Nunca supo la razón de su miedo a ese instrumento brillante que reposaba medio salido de su vaina, era, tal vez, porque intuía su filo peligroso, o por las historias de guerra, violencia y muerte que rodeaban a la figura del abuelo.
A la orilla del río, Angélica observa cómo los caballitos del diablo trazan líneas ondulantes en el agua, sus alas casi no se ven, son como manchas de luz azul que se detienen por instantes en los tules o en las piedras mojadas. La niña mete las manos en el agua para sentir el beso de los peces en sus dedos. Llora. Este día conoció la soledad. No fue por el regaño de su padre ni por la mirada fría de su madre, tampoco por la culpa. Se aventuró a penetrar en los misterios de los sótanos prohibidos porque hoy amaneció llena de preguntas. Algo en su interior cambió, dejó de ser parte de la casa y del paisaje, se supo única, diferente, las cosas dejaron de tener sentido y cada objeto, cada hueco, cada persona se volvieron unas pregunta sin respuesta. Por eso se fue al río, para ver si el murmullo del agua, o el de las hojas mecidas por el viento, podrían proporcionarle una respuesta. Siempre que Angélica se siente sola recuerda esta escena junto al río, han pasado muchos años pero el dolor nunca volvió a dejarla, lo siente como una libélula de alas azules que le revolotea por dentro. Algo se le rompió en las escaleras húmedas del sótano y, desde entonces, vaga por el mundo sintiéndose incompleta y con el hueco doloroso de la pérdida, es como si trajera la espada del abuelo atravesada en el vientre.
Otra cosa que Angélica recuerda con mucha claridad es una lectura. Unos días antes del episodio del sótano encontró un libro con ilustraciones de mujeres que viajaban sobre nubes. El libro, escrito por un tal Marcel Schwob, inicia con un discurso de Monelle que dice: “Yo soy la que está sola. Porque estoy sola me darás el nombre de Monelle, pero no olvidarás que tengo todos los otros nombres”. Angélica quedó impactada por estas palabras, se grabaron a fuego en su memoria, ella se sabía Monelle y creyó que las mujeres salían de la noche y volverían a la noche. Creyó también, como el personaje del libro, que: “Ninguna mujer puede permanecer junto a vosotros... Os enseñan la lección y luego se van. Vienen en medio del frío y de la lluvia para besar vuestra frente, después, las espantosas tinieblas vuelven a tragarlas”. Por eso Angélica buscó siempre la luz, abría puertas y ventanas, limpiaba con esmero el piso y las paredes para fabricar espejos que destruyeran la sombra con su brillo. Sin embargo, la oscuridad nunca se fue del todo, siempre estuvo ahí, como una presencia fatal y amenazante. Angélica creyó, por incomprensibles razones, que la negrura era parte de su propio ser, manaba de todos sus orificios. Alguien la convenció de que el mal habitaba en ella, convertido en manzana, y decidió beber el agua del Leteo, trató de olvidar las palabras de Monelle y la oscuridad del sótano. Muchos años vivió con un vaso de ron entre las manos.
El devenir desgasta, todo lo transforma en ruinas. Así se diluyó el castillo y los corrales y la huerta. Del río sólo quedó su cauce, desquebrajado y seco, sin tules y sin sauces. Todo se perdió en la polvareda que dejaron los cascos del poder en su cabalgata ciega. De todo, Angélica sólo retuvo la espada del abuelo. La espada fue otorgada en herencia a la esposa del militar, cuando éste se perdió durante alguna de las muchas batallas en el siglo diecinueve, de ahí pasó a la hija mayor y luego a otra, nunca más la empuñó un hombre, estuvo al cuidado de las mujeres como un símbolo de la presencia insoslayable del patriarca. En el caso de Angélica significó también el miedo, era el trozo de un pasado perdido para siempre. Algunas veces, cuando ni el vino lograba disipar las sombras, Angélica empuñaba la tizona y tiraba mandobles a la nada con la esperanza de asesinar fantasmas.
—Cuidado Pancho, fíjate cómo pateas la pelota, no vayas a romper un vidrio de La llorona.
Pancho nos vio a todos, sentados, o mejor, tumbados en la banqueta, sudorosos y cansados después del juego. Nos arrojó la bola con la mano y caminó despacio hacia la casa blanca, la casa de La llorona. Angélica era conocida por nosotros con ese sobrenombre. La llamábamos así porque su apariencia era fantasmal, muy blanca, de pelo largo y claro, siempre vestía una bata de tela transparente y caminaba con lentitud, como flotando, como entre nubes, volaba creo, al menos eso pensábamos cuando la veíamos agazapados desde la ventana. Seguimos a Pancho y nos asomamos una vez más para ver al fantasma, sólo que ahora ella nos vio, se acercó a nosotros y nos hizo una seña para que pasáramos. Nos acercamos a la puerta negra de metal, con timidez, en fila como si estuviéramos bajo las órdenes de una maestra. Nos abrió la puerta y nos condujo a su alcoba, una vez ahí nos pidió que nos sentáramos a los pies de la cama, los que no cupieron fueron instalados en sillas ubicadas a los costados. Angélica se colocó en la cabecera, se despojó de la bata y quedó completamente desnuda, su piel resplandecía iluminando la estancia, ni una sombra pudimos ver, la única oscuridad detectable era lo rosado de sus pezones y lo castaño de su bello púbico. Después tomó un libro que reposaba en la almohada y comenzó a leer. Su voz salía como arrastrada, inentendible. Ninguno de nosotros supo qué leía, sonaba misterioso, pero estábamos fascinados, inmóviles, con la mirada fija en ese cuerpo de mujer desnuda que para nosotros era un descubrimiento, una revelación. Recuerdo bien la luz, su piel pálida, la textura satinada de la colcha que apreté con las manos, el intenso y penetrante olor a alcohol que se desprendía de la mujer, y del vaso y la botella que estaban en la cómoda. Terminó de leer y sin vestirse nos acompañó a la salida. En cuanto pisamos la calle corrimos sin parar hasta la casa de la abuela, huíamos, sin saber por qué, de la casa sin sombras.
La visita se repitió dos o tres veces, siempre igual; ella con el libro en las manos, nosotros absortos en la voz y en el cuerpo desnudo. Nunca supe más de ella, lo que te cuento es una invención, como todo lo que se transforma en discurso. Lo que puedo decirte son pedazos de una historia, de varias historias, que rescaté de la basura, de las voces maledicientes de los habitantes del barrio, de los rumores. Angélica no fue apreciada por sus vecinos, la veían como un peligro, de ella se dijeron las cosas más insólitas, alguien incluso afirmó que la vio desnuda por la calle, con una espada que blandía en la mano.
Le decíamos La llorona porque con frecuencia la vimos, a través de la ventana, llorar larga y silenciosamente. Tal conducta nos parecía inexplicable y extraña. Angélica vivía sola. Los rumores que corrían en torno a su vida y su pasado eran de la más variada índole, a cual más de misterioso y sorprendente. Alguna vez, mientras jugaba en el patio, escuché una conversación de los adultos que se descuidaron, o no se percataron de mi presencia. Ellos hablaban de Angélica y un padre rígido, cruel, que castigaba a la niña encerrándola desnuda en los sótanos húmedos de la casa grande; alguien mencionó la posibilidad de violaciones y maltratos; otro negó tales atrocidades aduciendo que sólo se trataba de una enfermedad mental grave, transmitida por la sangre como un castigo a los excesos del abuelo.
Años después, mientras hojeaba unas revistas que me regaló mi padre, encontré un recorte de periódico, era un pedazo de la nota roja, amarillento y sin fecha. En el recorte se da cuenta de la muerte de Angélica. La nota, resumida, dice más o menos lo siguiente: Aterrador descubrimiento. Una mujer de nombre Angélica B. fue hallada, sin vida, esta madrugada. La policía no ha logrado esclarecer los hechos, aunque hay varias líneas de investigación. Una de las versiones afirma que la occisa, ebria, jugaba con una vieja espada y accidentalmente cayó clavándosela en el vientre. Otra, que algún malviviente intentó violarla y, al resistirse, fue muerta con una espada que guardaba como reliquia de familia. Había dos o tres versiones más, ninguna fue confirmada. Se interrogaron a vecinos y familiares pero todos discreparon en sus declaraciones. Sólo en un punto hubo coincidencia: fue difícil hallarla porque la casa estaba total y absolutamente a obscuras. A pesar de que ya estaba entrada la mañana ni un rayo de luz se filtraba en la casa, fue necesario romper los vidrios de las ventanas y retirar todas las cortinas para reconocer la recámara y el cuerpo. Un dato puesto al final de la nota, aparentemente inconexo, casi para rellenar, mencionaba los objetos encontrados en la escena: una botella, medio vacía, con un poco de ron, la fotografía de un casco de hacienda en ruinas, El libro de Monelle y una novela titulada La muerte del samurai.
martes, 30 de octubre de 2007
Historia de un disparo
Pidió la hora y le dieron un balazo. Esta frase encabezó una nota de la sección policiaca de un periódico local. La información en el cuerpo de la nota se refería a un chofer que se aproximó, por la noche, al guardián uniformado de un negocio para pedirle la hora, éste, sin mediar razón alguna desenfundó su arma y disparó sobre el interrogador. El hecho relatado parece trivial por cotidiano, de este tipo de sucesos están plagadas las páginas dedicadas a la nota roja de los diarios. Sin embargo podemos hacer un ejercicio de reflexión que nos ayude a entender o interpretar una conducta que no carece de interés por cuanto implica algunos factores que merecen atención: el tiempo, el poder, la muerte y el lenguaje. El hecho de disparar sobre un individuo que pregunta la hora puede entenderse como una defensa, un acto de poder, o de locura.
En el primer caso, la defensa, podemos entender que, en la mente del velador, se desató el pánico debido al conocimiento de que solicitar la hora o un cigarro es parte del ritual del asaltante, por lo tanto la proximidad de un desconocido, amparado por la obscuridad de la noche, que pregunta la hora, es señal inequívoca de una violencia o un asalto. El policía interpretó los signos según su código personal y no tuvo otra salida que disparar sobre quien, a su juicio, amenazaba su integridad o su vida. La intención del herido permanece incógnita, pudo tratarse en efecto de un delincuente que preparaba un robo, o bien de un transeúnte ingenuo que preguntó la hora sin reparar en las consecuencias, o de una persona solitaria que pretendió iniciar una charla para romper su soledad. Lo que se hace evidente es que las incontables trampas del lenguaje, verbal y no verbal, las marcas generadoras de sentido, produjeron este hecho de sangre, el vigilante interpretó los signos como un peligro y respondió ante una fatalidad con otra.
Como acto de poder, el velador uniformado y el arma que porta son símbolos de control, parte de los mecanismos con que la sociedad organizada impone límites a la conducta. El vigilante está ahí para defender un principio, un concepto generado por el discurso jurídico y económico: el de la propiedad privada. La propiedad que defiende no es la suya, el velador sólo cumple el encargo de resguardar el orden impuesto por la cultura dominante, no juzga, no medita las causas y las consecuencias, sólo actúa. El papel asignado, de brazo de la ley, le impide ejercer un juicio de valor que le dé pistas acerca de qué es más importante, la mercancía o la vida. Por esto, cuando el policía interpreta la presencia del interrogador como virtual amenaza para los bienes encomendados, ejerce el poder que le fue conferido y dispara contra quien, a su juicio, rompe las reglas, invade un espacio prohibido, cruza una frontera imaginaria y artificial. La agresión del disparo se produce por la acción del discurso de poder implícito, la norma dominante impone las reglas que regulan y legitiman la conducta y la muerte.
A partir de la locura, la conducta del velador se explica por la presencia de una paradoja. Quién, en su sano juicio, puede pedir la hora y no esperar un disparo o una cuchillada por respuesta. Solicitar a bocajarro la ubicación precisa del instante implica someter la mente del interrogado a la presión de buscar una respuesta al viejo problema de la humanidad: el devenir y su desenlace, la muerte. El tiempo puede considerarse como una cualidad intangible de la materia o como una categoría del razonamiento, un método para apresar la realidad, para entenderla y manipularla, en ambos casos su medición es arbitraria, las manecillas del reloj no miden el tiempo sino la velocidad con que recorren el espacio de la carátula impulsadas por el mecanismo de un péndulo. En todo caso, lo que marca el reloj no es el tiempo sino el número de veces que se ha cumplido un ciclo construido con múltiplos de doce. Así, el velador interrogado cayó en un estado de perplejidad, producido por el vértigo de verse obligado a dar respuesta a lo insoluble, se colocó ante una bifurcación, por un lado la locura y por el otro la muerte, las dos formas de parar el tiempo. La acción de disparar se explica por la presencia del absurdo, la única defensa contra la locura es la locura. El que interroga pide un absurdo, la hora, y obtiene del interrogado otro absurdo, el disparo.
El relato de nota roja se transforma en un cuento taoísta, en la reproducción de una paradoja que lleva necesariamente a disolver la realidad para demostrar que ésta es una construcción caprichosa de la mente. Entre el acto de pedir la hora y el de sacar un arma y accionarla, media una realidad construida con signos, un discurso que violenta los hechos y se resuelve, desenlace fatal, en la muerte y el silencio.
En el primer caso, la defensa, podemos entender que, en la mente del velador, se desató el pánico debido al conocimiento de que solicitar la hora o un cigarro es parte del ritual del asaltante, por lo tanto la proximidad de un desconocido, amparado por la obscuridad de la noche, que pregunta la hora, es señal inequívoca de una violencia o un asalto. El policía interpretó los signos según su código personal y no tuvo otra salida que disparar sobre quien, a su juicio, amenazaba su integridad o su vida. La intención del herido permanece incógnita, pudo tratarse en efecto de un delincuente que preparaba un robo, o bien de un transeúnte ingenuo que preguntó la hora sin reparar en las consecuencias, o de una persona solitaria que pretendió iniciar una charla para romper su soledad. Lo que se hace evidente es que las incontables trampas del lenguaje, verbal y no verbal, las marcas generadoras de sentido, produjeron este hecho de sangre, el vigilante interpretó los signos como un peligro y respondió ante una fatalidad con otra.
Como acto de poder, el velador uniformado y el arma que porta son símbolos de control, parte de los mecanismos con que la sociedad organizada impone límites a la conducta. El vigilante está ahí para defender un principio, un concepto generado por el discurso jurídico y económico: el de la propiedad privada. La propiedad que defiende no es la suya, el velador sólo cumple el encargo de resguardar el orden impuesto por la cultura dominante, no juzga, no medita las causas y las consecuencias, sólo actúa. El papel asignado, de brazo de la ley, le impide ejercer un juicio de valor que le dé pistas acerca de qué es más importante, la mercancía o la vida. Por esto, cuando el policía interpreta la presencia del interrogador como virtual amenaza para los bienes encomendados, ejerce el poder que le fue conferido y dispara contra quien, a su juicio, rompe las reglas, invade un espacio prohibido, cruza una frontera imaginaria y artificial. La agresión del disparo se produce por la acción del discurso de poder implícito, la norma dominante impone las reglas que regulan y legitiman la conducta y la muerte.
A partir de la locura, la conducta del velador se explica por la presencia de una paradoja. Quién, en su sano juicio, puede pedir la hora y no esperar un disparo o una cuchillada por respuesta. Solicitar a bocajarro la ubicación precisa del instante implica someter la mente del interrogado a la presión de buscar una respuesta al viejo problema de la humanidad: el devenir y su desenlace, la muerte. El tiempo puede considerarse como una cualidad intangible de la materia o como una categoría del razonamiento, un método para apresar la realidad, para entenderla y manipularla, en ambos casos su medición es arbitraria, las manecillas del reloj no miden el tiempo sino la velocidad con que recorren el espacio de la carátula impulsadas por el mecanismo de un péndulo. En todo caso, lo que marca el reloj no es el tiempo sino el número de veces que se ha cumplido un ciclo construido con múltiplos de doce. Así, el velador interrogado cayó en un estado de perplejidad, producido por el vértigo de verse obligado a dar respuesta a lo insoluble, se colocó ante una bifurcación, por un lado la locura y por el otro la muerte, las dos formas de parar el tiempo. La acción de disparar se explica por la presencia del absurdo, la única defensa contra la locura es la locura. El que interroga pide un absurdo, la hora, y obtiene del interrogado otro absurdo, el disparo.
El relato de nota roja se transforma en un cuento taoísta, en la reproducción de una paradoja que lleva necesariamente a disolver la realidad para demostrar que ésta es una construcción caprichosa de la mente. Entre el acto de pedir la hora y el de sacar un arma y accionarla, media una realidad construida con signos, un discurso que violenta los hechos y se resuelve, desenlace fatal, en la muerte y el silencio.
lunes, 22 de octubre de 2007
El verdugo
Jacobo Felipe, indio originario de Teocaltiche, cumplió una docena de años en la cárcel. Fue preso y juzgado por haber dado muerte a su mujer a golpes de gorguz. La tarde del 25 de julio de 1536, al salir de la misa. Bebió mucha savia de peyote. Bajo el efecto de la bebida lo persiguieron los demonios. Lleno de terror tomó su lanza y repartió mandobles, empuñó la puya que portaba y golpeó sin piedad a toda sombra que se cruzó a su paso, a todo bulto que alcanzó a distinguir con sus ojos midriáticos. Trató de ahuyentar a los fantasmas hasta quedar rendido.
Al despertar, ya sin los efectos del peyote, se vio en medio de un juicio, se le acusó de haber dado muerte a su esposa golpeándola en la cabeza con la lanza. Fue sentenciado a muerte. Se le metió en la cárcel a esperar que se cumpliera con el fallo. Sin embargo, no se encontró en toda la región a nadie que tuviera designado por oficio el de verdugo, ni a persona que quisiera cumplir con la encomienda, por lo tanto, quedó prisionero hasta doce años después de los hechos. Lo soltaron al fin cuando un jurado revisó su caso, conmutaron la pena de muerte por la de cumplir, por el resto de su vida, con la tarea ingrata del Verdugo.
Al despertar, ya sin los efectos del peyote, se vio en medio de un juicio, se le acusó de haber dado muerte a su esposa golpeándola en la cabeza con la lanza. Fue sentenciado a muerte. Se le metió en la cárcel a esperar que se cumpliera con el fallo. Sin embargo, no se encontró en toda la región a nadie que tuviera designado por oficio el de verdugo, ni a persona que quisiera cumplir con la encomienda, por lo tanto, quedó prisionero hasta doce años después de los hechos. Lo soltaron al fin cuando un jurado revisó su caso, conmutaron la pena de muerte por la de cumplir, por el resto de su vida, con la tarea ingrata del Verdugo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
