domingo, 13 de mayo de 2007

Hola

Hoy es domingo. No he realizado ningún comentario, tal vez por flojera. La ciudad sigue con sus mismos hábitos, oculta todo lo verdaderamente interesante y sólo nos muestra la rutina de las escobas y la monótona voz de las palomas. Leo, cuento las nuevas arrugas de la tarde, colecciono frases que traten de definir al tigre. Me divierto en construir un río con las palabras que no sé a dónde va, pero se mueve al ritmo de mis pies cansados.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Tigre


El tigre es una mancha de la noche en el rostro del día.

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Algunas tardes, en la Plaza de Armas, saltan los tigres que dibuja el sol en la cantera. Acechan en silencio tras la sombra con un trozo de mar en las pupilas.

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El tigre del poder observa la mirada inmóvil de la paloma herida y en el instante fugaz de un parpadeo se consuma el sacrificio. Una víctima más. Otro cadáver para el insaciable cementerio de la vida. Otro minuto y otra historia que se borran.

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Todos sabemos sin lugar a dudas que los tigres no habitan en la monótona planicie del desierto. Ellos viven en la zona más recóndita del ojo; en el filo de la espada y en el plomo.


Los tigres son inventos del poder que los construye.

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Te cuento del tigre y sus andanzas porque lo he visto merodear en el jardín y las alcobas, y dormir junto a mí como un gato inofensivo. Lo veo también cuando acecha desde la inevitable crueldad de las monedas, y cuando la sed arrecia.

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Dicen los gobernantes que los tigres no existen, pero sus víctimas se cuentan por millares y todos llevamos en la piel la huella del zarpazo.

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Nada es más difícil y peligroso que cazar un tigre durante los minutos iniciales de un eclipse.

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Hay un tigre oculto en un poema, prisionero de las palabras que construyen su celda. Tengo miedo de que algún día, por un brevísimo descuido, salga del poema y me devore.

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El tigre es una mancha del día sobre la cara impenetrable de la noche.

martes, 1 de mayo de 2007

Norberto de la Torre

Manifiesto

Escribo con esmero poniendo los acentos en esdrújulas y las comas donde van las comas. Sin embargo, fatalmente, las palabras son las madres del silencio. Nada sólido puedo hacer con los poemas, todo se diluye ante la terquedad del polvo. Sé que sólo existe un gran y único poema, como un río que se bebe sin cesar a sus afluentes, como una red enorme que tejemos todos con la tinta. Así, sólo soy capaz de dibujar el salto efímero de un gato y la muerte fugaz de las falenas. A pesar de todo es necesario mencionar algunas cosas, así, como si nada, sin pensarlo mucho, escupiendo sílabas absurdas, de esas que funcionan como escudo contra las balas del poder que acecha. Decir sin meditarlo, lo repito, dos o tres carajos y alguna extraña geometría. No se trata de reinventar vanguardias, ni de hallar sorprendentes estructuras de la prosa, ni descubrir la llave para entrar al canon. Se trata, eso sí, de soltar algunas cosas que traemos dentro y nos ahogan, de hacer un berrinche monumental en plena calle, antes de que el poder nos asesine, antes de que el desierto nos alcance.

lunes, 30 de abril de 2007

30 de abril

Resulta que, con esto de los blogs, estoy hecho bolas, todavía no encuentro el hilo. A estas alturas ya tengo cinco blogs, cuatro con distintos libros y éste, en el que por ahora cuento intrascendencias. Los libros publicados son: El universo en un sombrero; Introducción a la teoría y práctica del discurso; Los disfraces del dragón y Cicatrices y cenizas. no entro diario a mi(s) blogs. Tampoco sé si recibo comentarios o son prácticamente inéditos, pero en fín, mientras los hago me divierto y ahora empiezo una serie de comentarios que tal vez resulten inútiles, pero que darán cuenta de mis días. Esto lo hago por seguir el ejemplo de Alejandro Aura que diariamente publica un comentario y un poema en su blog.

domingo, 22 de abril de 2007

La locomotora

El tren reposa en la Alameda. El horizonte naufraga en el vaso de luz que lo contiene y cada tarde tenemos que trazar nuevamente los caminos, volver a poner las vías, reforzar los cruceros. La estación del ferrocarril permanece callada en algún lugar de la memoria. Nada se mueve, sólo la locomotora que navega sin ancla sobre los siete desiertos que le aguardan.

sábado, 21 de abril de 2007

febrero

No había mejor manera de comenzar febrero que con una cabalgata de vientos desbocados. El aire borró la escritura que grabamos en la arena. Los árboles se volvieron pájaros y volaron. Cayeron paredes, minaretes y pendones. La ciudad fue sitiada por incipientes huracanes y no tuvimos más remedio que buscar una trinchera, un débil escudo contra la ira terrible del desierto. Después, levanté los escombros y los guardé en mi casa, coloqué los fragmentos en estantes, en el interior de un vaso, entre las páginas de un libro, detrás de los relojes. Tengo la esperanza de que un día podré meter a toda la ciudad en un capelo para evitar que los vientos de febrero se la lleven.