§ 1: En algún lugar de la Plaza de Armas hubo, hace mucho tiempo, un centinela que tenía la misión de solicitar el santo y seña, y dar alarma ante cualquier amenaza. Recién instalado todos lo saludábamos al pasar junto a él. Pronto se convirtió en una figura natural en el paisaje de la Plaza, como un árbol, una fuente o una estatua. Después, se fue borrando. Se volvió tan habitual que se perdió de vista, como un chicle pegado en la banqueta, como una brizna de polvo en la cantera, como el destello efímero de un cristal a medio día. Nadie sabe qué fue de él. Algunos dicen que adelgazó demasiado y se fue para morir en paz en otro lado. Otros afirman que se convirtió en el faro que adorna el centro de la Plaza de Armas. Otros que simplemente se evaporó, como una gota de lluvia en el desierto.
§ 2: “No soy un soldado, pero adopté sin darme cuenta la profesión de centinela. Desde que yo recuerdo me dediqué a percibir y registrar todas las señales. Afiné mis oídos para diferenciar el canto del mirlo y el canario. Aprendí a distinguir los más leves matices del color y la mínima variación de la textura. La clave de la buena observación es no hacer esfuerzo para percibir las cosas, poner en blanco la mente. Se debe incluso cerrar los ojos y sumergirse en el más profundo silencio. El verdadero centinela es un ser absolutamente pasivo, no debe ir hacia el objeto, no debe razonar ni clasificar ni separar ni ordenar. Su misión es dejar que las cosas vayan a él, debe dejarse inundar por la realidad, permitir que su cuerpo se vuelva transparente y permeable. Cuando el centinela alcanza la sutileza necesaria, cuando es casi un vapor que se dispersa, entonces puede ver una esquirla de luz, la inesperada fuga de la sombra y un poco de amor que se derrama en aire, es capaz también de oír la imperceptible voz de las estrellas y el llanto del huracán que se aloja en un suspiro, además, puede sentir el terrible dolor y la pasión más salvaje en el tenue roce de unos labios. La disciplina para ser un centinela fue durísima, años y años de acallar mis propias sensaciones y deseos, así aprendí a borrarme para dejar que las cosas me llegasen, a no moverme para nada, a ser un vacío en el centro de la realidad que cambia.”
§ 3: Centinela es un árbol que da cuenta en su corteza del paso de los años, un faro que ofrece una luz en la tormenta, una roca que destroza huracanes y fantasmas en el mar. Centinela es un soldado que anuncia los cambios en el campo de batalla y la proximidad del fuego. Centinela es el miembro de una secta secreta que guarda y registra los misterios de la realidad y de la historia. Sobre todo un centinela es una partícula invisible que viaja, inexorable, en la flecha del tiempo.
martes, 25 de mayo de 2010
sábado, 3 de abril de 2010
Trampas
No cabe duda que todos los días me afano por fabricar las trampas más sofisticadas. Las elaboro de todos los materiales. Pongo en ellas todo el ingenio de que soy capaz. Cavo profundos hoyos en la tierra, los cubro con cuidado y luego pongo encima los señuelos más atractivos y seguros. Escondo tales artefactos en lugares insospechados y también en los más obvios. Trato de que no parezcan trampas. Las hago como pequeños oasis atractivos y seductores. Durante mucho tiempo anduve con un puñado de certezas en el bolso: pensé que conocía el lugar exacto del arribo; que podría someter el timón a mi designio; que mi paso sería firme en el pantano. Pero ahora sé que a duras penas soy un pájaro de barro en una jaula que fabriqué yo mismo.
miércoles, 10 de febrero de 2010
El mar VII
Tengo ya varios días tratando de conseguir
un acomodo al mar en un poema.
No al que late más allá del horizonte
y baña las playas de este país
que sufre de crueldad y de abandono.
Quiero encontrar un sitio
para el trozo de mar que tengo en el bolsillo,
el que deposito en las noches,
con ternura,
junto a las llaves y el pañuelo.
Un pedazo de mar, quiero decirlo,
que recogí hace años
durante una noche de aventura en Acapulco,
y me acompaña desde entonces
como una fiel mascota.
Ese pequeño mar,
a veces calmo y a veces proceloso,
que cada día se me deshace entre las manos
y al que sólo puede darle vida
la misteriosa voz de una sirena.
un acomodo al mar en un poema.
No al que late más allá del horizonte
y baña las playas de este país
que sufre de crueldad y de abandono.
Quiero encontrar un sitio
para el trozo de mar que tengo en el bolsillo,
el que deposito en las noches,
con ternura,
junto a las llaves y el pañuelo.
Un pedazo de mar, quiero decirlo,
que recogí hace años
durante una noche de aventura en Acapulco,
y me acompaña desde entonces
como una fiel mascota.
Ese pequeño mar,
a veces calmo y a veces proceloso,
que cada día se me deshace entre las manos
y al que sólo puede darle vida
la misteriosa voz de una sirena.
lunes, 11 de enero de 2010
El mar VI
A veces suceden las cosas más extrañas
cuando pasan las horas como rayos de luz que se dispersan,
como gotas de lluvia en el desierto.
Ocurren también cuando te quedas solo de repente,
cuando te descubres en la orilla equivocada, abandonado,
y en la memoria un beso que se borra.
Nunca pensé, por ejemplo,
que alguna vez podría caminar sobre las olas.
Sin embargo, la tarde se me volvió de agua
y me vi mar adentro como una embarcación a la deriva.
El cielo se pobló con peces
sorprendidos por la fuerza feroz de la tormenta.
En esas horas en que ni tu sombra te acompaña,
puede pasar casi cualquier cosa
como un dragón retozando en la despensa;
una mariposa que se incendia con un copo de nieve;
un huracán terrible sobre la mesa de centro de la sala.
En esas horas no te importan las balas
que siembran el dolor en los hogares, ni el hambre,
ni la estupidez del poder enceguecido,
sólo quieres caminar sobre el mar hasta perderte,
derivar sobre la espuma
con una efímera flor azul de cacto en la pupila.
cuando pasan las horas como rayos de luz que se dispersan,
como gotas de lluvia en el desierto.
Ocurren también cuando te quedas solo de repente,
cuando te descubres en la orilla equivocada, abandonado,
y en la memoria un beso que se borra.
Nunca pensé, por ejemplo,
que alguna vez podría caminar sobre las olas.
Sin embargo, la tarde se me volvió de agua
y me vi mar adentro como una embarcación a la deriva.
El cielo se pobló con peces
sorprendidos por la fuerza feroz de la tormenta.
En esas horas en que ni tu sombra te acompaña,
puede pasar casi cualquier cosa
como un dragón retozando en la despensa;
una mariposa que se incendia con un copo de nieve;
un huracán terrible sobre la mesa de centro de la sala.
En esas horas no te importan las balas
que siembran el dolor en los hogares, ni el hambre,
ni la estupidez del poder enceguecido,
sólo quieres caminar sobre el mar hasta perderte,
derivar sobre la espuma
con una efímera flor azul de cacto en la pupila.
lunes, 23 de noviembre de 2009
El mar V
Veo pasar el domingo, cargado de silencio, desde mi lugar de siempre, junto a la ventana. No sé cómo describir este momento en el que la calle desierta es como el cauce de un río seco pletórico de incendios. Mi corazón late de dolor entre las llamas y se transforma en ascua que se apaga. Todo se consume: las mariposas que acaban de salir de su capullo, los minutos, los pájaros que son manchas de ceniza en el azul del cielo. Es domingo. Pierdo el tiempo a pleno sol y junto a la ventana. Casi puedo jurar que los arbustos lloran para substituir a la lluvia con sus lágrimas. Casi puedo ver el final de los jardines asesinados por el terrible puñal de la sequía. Se me perdió el mar, no escucho el rumor tranquilizante de sus olas. No veo el vuelo audaz de las gaviotas. No percibo la voz de las mareas. No hay corales ni peces ni burbujas de sal entre la arena. Se me perdió el mar y me convertí en una zarza que se quema junto a la ventana.
sábado, 31 de octubre de 2009
El mar IV
1
El mar oculta
un jardín de pájaros
bajo sus olas.
2
En barcos de papel
navegan los fantasmas
y se rompen las olas
en un mar de ceniza.
3
Aquí no hay agua.
La luz riela sobre las alas de las mariposas
y las hojas caídas de los árboles.
Hojas de trueno, jacaranda y eucalipto.
Aquí no hay agua,
sólo una espuma gris de soledad
que corona las dunas
y una niebla de arena que presagia tormenta.
4
Tengo una botella
con el mar prisionero
y unas olas de aceite
rompiendo contra el vidrio.
5
Bajo sus olas
un pesado silencio
el mar oculta.
El mar oculta
un jardín de pájaros
bajo sus olas.
2
En barcos de papel
navegan los fantasmas
y se rompen las olas
en un mar de ceniza.
3
Aquí no hay agua.
La luz riela sobre las alas de las mariposas
y las hojas caídas de los árboles.
Hojas de trueno, jacaranda y eucalipto.
Aquí no hay agua,
sólo una espuma gris de soledad
que corona las dunas
y una niebla de arena que presagia tormenta.
4
Tengo una botella
con el mar prisionero
y unas olas de aceite
rompiendo contra el vidrio.
5
Bajo sus olas
un pesado silencio
el mar oculta.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
El mar III
Martín se apostó frente al mar, armado con una libreta y una pluma, para escribir un poema que tuviera la consistencia de las olas. Lo primero que le llamó la atención fue el sol que parecía una enorme araña que tejía el manto azul del mar con hilos finísimos de espuma. Mientras trataba de capturar las palabras necesarias recordó el desierto, las ramas secas que arrastra el viento por las calles, el silbo del aire que golpea en las rocas calientes, también recordó a los caminantes que miraban al cielo en espera de la lluvia y la inefable belleza de un cacto que florea. Martín vio, a la distancia, cómo el sol pintaba de amarillo el mar. El grito de una gaviota lo trajo de nuevo a su lugar y se dispuso a escribir su marino poema. El ruido del mar es distinto del pesado silencio del desierto, uno camina por la playa y parece que trae la concha de un caracol atorada en la oreja. Molesto ya porque no podía concentrarse en el mar trató de fijar su mirada en las velas de un barco que surcaba el horizonte, en las negras y borrosas manchas de unos delfines a lo lejos, en las rocas que dibujaban su silueta contra el cielo y que, probablemente, estarían pobladas por sirenas. Martín pensó que las sirenas del mar eran mitad mujer y mitad pez, mientras que las del desierto son mitad mujer y mitad ave, las del mar te seducen con su canto, las del desierto con el agua vivificante de sus lágrimas. Cansado ya Martín, e incapaz de redactar un poema frente al mar, trató de recordar viejas historias y otros poemas, El cementerio marino, por ejemplo. Abrió por fin su libreta y anotó con su letra zigzagueante: “El mar es una incógnita terrible porque se alimenta de naufragios y aguarda con paciencia las zozobras.” Martín leyó con cuidado lo que había escrito. No le gustó. Le pareció demasiado dramático. Pensó que sobre el mar no se podrían escribir poemas, así que arrancó la hoja, confeccionó un barquito de papel y lo puso sobre la cresta de una ola para que se fuera mar adentro y naufragara.
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