martes, 9 de septiembre de 2008

Crónicas inútiles

Viento

No había mejor manera de comenzar febrero
que con una cabalgata de vientos desbocados.
El aire borró la escritura que grabamos en la arena.
Los árboles se volvieron pájaros y volaron.
Cayeron paredes, minaretes y pendones.
La ciudad fue sitiada por incipientes huracanes
y no tuvimos más remedio que buscar una trinchera,
un débil escudo contra la ira terrible del desierto.
Después, levanté los escombros y los guardé en mi casa,
coloqué los fragmentos en estantes, en el interior de un vaso,
entre las páginas de un libro, detrás de los relojes.
Tengo la esperanza de que un día
podré meter a toda la ciudad en un capelo
para evitar que los vientos de febrero se la lleven.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Borrar la memoria: diario de febrero

Febrero 28

Intento un diario para dar cuenta de los baches con que me topo en el camino. Hace ya seis meses que no redacto un texto decoroso. Nada puedo decir que valga más que un grano de silencio. Desconozco las causas de la mudez que me ataca, tal vez el miedo, tal vez el desgaste natural que viene con los años, tal vez tanta palabra que traigo atorada en las venas y temo que un coágulo de tinta detenga mi corazón, como un pabilo que se apaga entre los dedos. He dicho tantas cosas, tantas fueron mis creencias y certezas, que resulta posible la existencia de un extraño punto de retorno. Ahora regresaré sobre mis pasos e iré borrando, uno por uno, mis recuerdos.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Borrar la memoria: diario de febrero

Febrero 27

Un poema. Sólo quiero un poema. Aspiro a escribir el único poema que revele los misterios ocultos en mi nombre, el que me permita nacer antes de que muera, el que me inscriba en la indestructible superficie del polvo. Toda mi vida he buscado ese poema rascando con mi pluma en las paredes y las piedras; he seguido muchas rutas para encontrar el sitio en que se oculta. Los poemas están en el zumbido persistente de las moscas; en algún lugar desconocido del desierto; en el pliegue de la luz que se disuelve; perdido en el infinito mar de la basura; en las grietas que presagian los derrumbes. También indagué sobre mi propio cuerpo: me levanté la piel para encontrarlo, separé todos mis huesos, dejé al descubierto mi corazón y mis vísceras, quité la delgadísima corteza del cabello, palpé y olí todos mis humores, corté con cuchilla la carne sutil de mis ensueños. De mí no quedó ni la cáscara vacía, y todo porque quiero el maldito poema que no encuentro a pesar del dolor y las heridas. Ya te dije que soy el personaje de mis textos. Pero no te dejes llevar por el engaño, no soy el narrador, soy la tinta, soy un dragón miedoso que se oculta entre renglones, soy un enredijo indescifrable de palabras. Mi pluma dibuja, con hilos finísimos de agua, una telaraña enorme que aprisiona las letras en desorden de mi nombre. Por eso me refiero a mí con iniciales. Soy un hombre que comienza su camino al final de una larga jornada, una sombra entre las sombras, un árbol sin hojas en otoño, una mosca que aspira a ser poema.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Borrar la memoria: diario de febrero

Febrero 25

Un diario resulta un asunto riesgoso, en él se alojan lo mismo la observación afortunada que un testimonio intrascendente, una reflexión innecesaria y el lugar común. Además existen ya diarios excelentes, redactados por notables pensadores. De tal manera que uno más, dedicado a relatar las aventuras de la arena y el efímero paso de las mariposas en la tarde, sólo sirve para engrosar la fila de los textos condenados al silencio. Sin embargo, es divertido dibujar los mapas que asignan un lugar a las cocinas y al retrato de familia en las paredes, también contar la vida que se consume por quincenas y recorre los escaparates más humildes del mercado. Escribo pues para pasar el tiempo y, tal vez, para encontrar ventanas y algunos puentes. Un diario es, siempre, una novela inconclusa que relata la vida de una brizna de polvo en la tormenta, es un mojón en el camino, una cruz que recuerda una muerte más en el desierto.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Borrar la memoria: diario de febrero

Febrero 24

Llueve. Te cuento cómo se mueren los segundos, en silencio.
Solamente se van, y dejan una marca de ceniza en la ventana.
Aquí estoy, como todas las tardes,
con el propósito de capturar imágenes y anécdotas
con las que pueda conformar una colección extraña,
inútil como las estampas, las monedas, los sueños, las corbatas.

Escribir un diario resulta una empresa muy riesgosa.
Es, casi seguro, otra forma de caer en el olvido.
Para nada sirve un diario, es una colección arbitraria de rarezas,
un recorrido caprichoso por caminos trillados.

La verdad es que no sé para qué te cuento
las batallas de una mosca contra el vidrio
y el tiritar de la paloma en el alero.
Tal vez sólo quiero dejar un testimonio de mi errancia,
una señal en los objetos que me tocan la mirada,
la crónica de mi lentísima caída en el misterio inefable de la muerte.

martes, 2 de septiembre de 2008

Borrar la memoria: diario de febrero

Febrero 21

Esta puede ser mi última libreta, el postrer apunte de mi viaje. No cabe duda de que soy el personaje de mis textos y en ellos narro la grisura de mi vida. Nada existe en mí que me distinga, soy un objeto del poder que me controla. No soy un yo, soy todos, y lucho contra las mismas cosas cada día: el hambre, la esperanza, el insomnio y el deseo. No poseo seña particular alguna, ni un extraño lunar, ni un tatuaje. Mi piel es la misma que cubre a los otros, los que aguardan con ansia un poco de trigo y una lluvia. Tampoco tengo gracia que destaque: no canto, no bailo, no recito, no genero esplendentes ideas. Sólo llevo un diario en el que anoto la torpeza de mis pasos y una que otra historia que recojo en el camino. También construyo una imagen con palabras, de vez en cuando, para darle un lugar en el paisaje. Esta es pues una larga historia, de baja intensidad y sin desplantes, en la que apenas puedo dar un testimonio del dragón y la sirena; de la crueldad y los excesos del poder que nos destruye; de los momentos escasos, pero intensos, en que el amor nos florece en los ojos y en las manos. Sí, esta es mi historia que acabará en el silencio, inevitable, de la muerte, pero también la tuya cuando alcanzas a escuchar mi débil voz entre la niebla; y es la historia de un tigre que a los dos nos acecha en la grieta invisible donde nacen las sombras.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Borrar la memoria: diario de febrero

Febrero 18

Escribo con esmero poniendo los acentos en esdrújulas y las comas donde van las comas. Sin embargo, fatalmente, las palabras son las madres del silencio. Nada sólido puedo hacer con los poemas, todo se diluye ante la terquedad del polvo. Sé que sólo existe un gran y único poema, como un río que se bebe sin cesar a sus afluentes, como una red enorme que tejemos todos con la tinta. Así, sólo soy capaz de dibujar el salto efímero de un gato y la muerte fugaz de las falenas. A pesar de todo es necesario mencionar algunas cosas, así, como si nada, sin pensarlo mucho, escupiendo sílabas absurdas, de esas que funcionan como escudo contra las balas del poder que acecha. Decir sin meditarlo, lo repito, dos o tres carajos y alguna extraña geometría. No se trata de reinventar vanguardias, ni de hallar sorprendentes estructuras de la prosa, ni descubrir la llave para entrar al canon. Se trata, eso sí, de soltar algunas cosas que traemos dentro y nos ahogan, de hacer un berrinche monumental en plena calle, antes de que el poder nos asesine, antes de que el desierto nos alcance.