Febrero 2
No sé qué debo decir para contar esta historia. Tal vez ubicar su inicio en un lejano mes de febrero, o un poco más tarde en las páginas de libros olvidados. Evitaré las atmósferas densas y las interminables descripciones. Sólo te diré dos o tres recuerdos que sean esenciales para entender los conflictos y sus posibles desenlaces. Así, traigo a colación el olor de las naranjas y las cañas, en el mes de diciembre, cuando las iglesias se transforman en posadas; también la angustia del pecado y el terror a las sombras que se agitan en el patio; el rostro sufriente de mi madre y los larguísimos fines de quincena. No sé si la mía sea una historia lineal y estructurada, que desemboca, como un río, en el mar del sentido, o sólo soy un palimpsesto, un conjunto de anécdotas aisladas en las que cabe todo y con las que construyo un cuento, largo y mal cosido, con el final inevitable del silencio. En fin, sólo quiero dejar un testimonio de la crueldad del poder que muere sin saberlo, de la flor que sobrevive en la sequía y de los pájaros que cantan en el parque.
jueves, 7 de agosto de 2008
martes, 5 de agosto de 2008
Despedida
Hace ya seis meses que no incremento mi blog con entradas nuevas. Me dediqué a seguir día con día el blog de Alejandro Aura y su lucha contra el cáncer. Se los recomiendo, es una muestra de vitalidad y amor a la vida y a lo vivo como pocas he visto. Él falleció finalmente el 30 de julio a las 4:30 de la tarde. Sentí mucho su muerte, por esperada que fuera. Después me dieron ganas de proseguir con mi diario, éste, que tengo abandonado desde hace tanto tiempo. Sé de antemano que yo no tendré la cantidad de lectores que Alejandro tenía, entre otras cosas porque mi habilidad con el cyberespacio es poca y no sé cómo difundir mi blog, no puedo rescatar direcciones y enviarles mis esfuerzos, de manera que dependo del azar, de los encuentros fortuitos e inesperados.
En este blog, en este nuevo intento, seguiré publicando mis prosas con la intención de tender puentes, no sé si sean útiles pero ahí van.
En este blog, en este nuevo intento, seguiré publicando mis prosas con la intención de tender puentes, no sé si sean útiles pero ahí van.
lunes, 11 de febrero de 2008
El falseador
No sé por dónde comenzar a contarte la historia. El falsificador llegó a la ciudad silenciosamente; cumplió con discreción sus obligaciones de ciudadano, burócrata y padre de familia; el resto del tiempo lo dedicó a tomar notas que después transformó en pequeños artículos que publicó en revistas, periódicos y hojas volantes. Así se consumó la falsificación más impresionante de que se tenga noticia. Cada uno de sus textos modificó imperceptiblemente la realidad. De tal modo que las cosas y los acontecimientos parecen los mismos: el Palacio de Gobierno, la Plaza de Armas, el quiosco, las calles, los jardines, las casas, los utensilios, las iglesias. Pero el hecho es que los originales desaparecieron y ahora tenemos puras falsificaciones, así fue como llegamos a vivir en esta ciudad falsa. No me preguntes cómo se realizó tan terrible suplantación, no lo sé, tal vez el falsificador tenía poderes misteriosos que él mismo ignoraba, o tal vez operó el efecto mariposa, o, lo más probable, nada es auténtico y el universo es una concatenación de falsedades. Lo que sí puedo decirte es que llegaron a mis manos algunos de los escritos del falsificador de los que te haré llegar una copia para ver si tú puedes desentrañar los mecanismos de la trampa.
Texto 1
“Tal vez para huir de mis propios terrores, de la locura que corre por los ocultos conductos de mi cuerpo, empecé a escribir los momentos especiales de la ciudad, la casa, las calles y el desierto, escribí una historia confusa y abigarrada, la mía, que se inició en febrero y terminara el día que se corten los hilos que me mueven. Cada texto que redacto es un corte durante mi devenir insulso y rutinario, estoy hecho de días que se repiten, de domingos, quincenas y cumpleaños. Observo las fachadas y los atardeceres para ver si existe un sentido más allá del nacimiento y de la muerte. Analizo cada grano de arena para encontrar la causa y el efecto; sin embargo, después de tantos años, puedo decirte que sólo tengo una interminable colección de ecos. He podido escribir un solo texto, sinuoso y perifrástico, lo demás es una falsificación. Un escritor es un individuo en proceso de falsearse a sí mismo, cada nueva obra es una falsificación de la anterior. Sólo podemos escribir una página, el resto es pura repetición y engaño.”
El falseador inventó un mecanismo, tal vez alquímico, para fabricar espejos a partir de la combinación de celulosa y negro de humo, eran espejos de dos caras y construyó con ellos poliedros que puso a rodar como si fueran cardos arrastrados por el viento. Así multiplicó todos los objetos y los acontecimientos, convirtió a la ciudad en un calidoscopio y ahora no es posible distinguir cuál es la catedral y cuál es un reflejo. Cada ciudadano es muchedumbre, cada segundo es infinito. Así es como vinimos a parar a esta realidad desordenada, a este mundo inextricable, a este juego de reflejos en donde la ciudad se oculta de sí misma y nosotros acabamos perdidos en un dédalo de imágenes falseadas.
Texto 2
“Escribo, desde hace más de treinta años, notas en hojas de cuaderno y folios sueltos que almaceno después en los cajones. De vez en cuando reúno las que tengo más a mano y las encuaderno en tomos que vuelvo a guardar. Todas las tardes de verano escribo la marcha del sol sobre los muros, y las de otoño relato el olor desagradable del poder que se pudre. Así fue como llegué a llenar mi casa de papeles. Creo que sólo he podido redactar un texto y tantas variaciones como sean necesarias para llegar a perfeccionarlo. El problema fundamental es que no he podido, todavía, precisar el conflicto. Llevo una vida silenciosa en la que las cosas pasan con la naturalidad del amanecer y de la brisa. Guardo en mi escritorio un texto y mil espejos. Acumulo también cicatrices y achaques que hacen menos espantosa la infinita soledad del cementerio. Si un conflicto pudiera detectar, a estas alturas de mi vida, sería el del poder y la culpa; pero sé, de antemano, que acabaré derrotado por la bestia. Al final descubro que la bestia es de palabras y no se puede vencer con las palabras. Tal vez por esto no me queda más remedio que guardar silencio y cerrar mi aventura con la descripción minuciosa del cuchillo, la pistola y el veneno.”
Lo más curioso de la historia es que el falseador pasó por la ciudad casi totalmente inadvertido. Se le trató siempre como a un ciudadano común y corriente, promedio, adaptado, discreto. Sólo nos dimos cuenta de su función de virus, de factor que distorsiona, cuando nos percatamos del efecto terrible de sus fabulaciones, cuando pudimos ver sus marcas: una piedra removida; una incisión con cortaplumas en un árbol; un indeleble graffiti sobre un muro perdido; llegó incluso a falsear las estaciones cuando hizo florecer un tulipán en el verano.
Texto 3
“Exploro con frecuencia las fachadas en busca de algún hueco que me sirva para guardar recuerdos. No lo necesito muy grande, apenas una muesca, una grieta, el oculto camino que trazan las termitas. Mi memoria no es muy grande, tampoco es importante, no contiene momentos deslumbrantes ni verdades enormes o definitivas. Todos mis recuerdos son efímeros, trazos con gis que se deshacen. A pesar de todo, me gusta encontrarles un lugar para dejarlos: una fisura en la cantera, la entrada de una cerradura, el cráter que produce una gota de lluvia cuando golpea en la arena. Los pongo en cualquier parte para dibujar con ellos el mapa de la cárcel que me tiene prisionero.
A veces no sé qué decir, redacto frases absurdas o la trama de una historia inexistente. Escribo por ejemplo: el sol se deja caer en la oculta hendidura del oeste, y también: un bosque es el incendio que todavía no empieza. Al mismo tiempo que anoto cosas sin sentido en el cuaderno, pienso en la tragedia de una hormiga en la sequía; en la sangre que barniza el pavimento; en el poder que fabrica cementerios y falsas jerarquías.
Tengo, la tentación de construir un personaje, alguien más bien débil, inseguro y vanidoso, que pierda el tiempo en los cafés y en las calles con la mirada perdida en lo invisible. Un personaje que pretenda dibujar el mapa de la ubicación exacta de las dunas y del contorno preciso de las nubes. P, desde luego, fracasará en su intento, porque, tarde o temprano, se levantarán los vientos y no dejarán arena sobre arena. Por eso escribo cada lunes acerca del sol que se detiene a calentar los muros en los que anidan las palomas, o de la escritura extraña que representa una ciudad en el papel ocre del desierto. Es evidente que yo soy el personaje y, con un texto, abono la tierra que guardará mis cenizas por los siglos de los siglos.”
No te puedo contar completa la historia del falsificador, no la conozco. Supe que nació en febrero, en el seno de una familia numerosa. Su padre, un empleado, fue longevo. Su madre murió joven de una infección y tanto parto. Lo demás no se conoce, su vida fue una copia de otras vidas, tantas que resulta imposible distinguirla. Dicen que murió de viejo y nunca supo el sentido de su vida; otros afirman que se volvió loco por su fracasada obsesión de lograr el texto perfecto. Alguien más sugiere que se suicidó porque fue incapaz de soportar las pérdidas; los más imaginativos creen que se convirtió en palabras y anda perdido entre sus folios.
No sé por dónde comenzar a contarte la historia. El falsificador llegó a la ciudad silenciosamente; cumplió con discreción sus obligaciones de ciudadano, burócrata y padre de familia; el resto del tiempo lo dedicó a tomar notas que después transformó en pequeños artículos que publicó en revistas, periódicos y hojas volantes. Así se consumó la falsificación más impresionante de que se tenga noticia. Cada uno de sus textos modificó imperceptiblemente la realidad. De tal modo que las cosas y los acontecimientos parecen los mismos: el Palacio de Gobierno, la Plaza de Armas, el quiosco, las calles, los jardines, las casas, los utensilios, las iglesias. Pero el hecho es que los originales desaparecieron y ahora tenemos puras falsificaciones, así fue como llegamos a vivir en esta ciudad falsa. No me preguntes cómo se realizó tan terrible suplantación, no lo sé, tal vez el falsificador tenía poderes misteriosos que él mismo ignoraba, o tal vez operó el efecto mariposa, o, lo más probable, nada es auténtico y el universo es una concatenación de falsedades. Lo que sí puedo decirte es que llegaron a mis manos algunos de los escritos del falsificador de los que te haré llegar una copia para ver si tú puedes desentrañar los mecanismos de la trampa.
Texto 1
“Tal vez para huir de mis propios terrores, de la locura que corre por los ocultos conductos de mi cuerpo, empecé a escribir los momentos especiales de la ciudad, la casa, las calles y el desierto, escribí una historia confusa y abigarrada, la mía, que se inició en febrero y terminara el día que se corten los hilos que me mueven. Cada texto que redacto es un corte durante mi devenir insulso y rutinario, estoy hecho de días que se repiten, de domingos, quincenas y cumpleaños. Observo las fachadas y los atardeceres para ver si existe un sentido más allá del nacimiento y de la muerte. Analizo cada grano de arena para encontrar la causa y el efecto; sin embargo, después de tantos años, puedo decirte que sólo tengo una interminable colección de ecos. He podido escribir un solo texto, sinuoso y perifrástico, lo demás es una falsificación. Un escritor es un individuo en proceso de falsearse a sí mismo, cada nueva obra es una falsificación de la anterior. Sólo podemos escribir una página, el resto es pura repetición y engaño.”
El falseador inventó un mecanismo, tal vez alquímico, para fabricar espejos a partir de la combinación de celulosa y negro de humo, eran espejos de dos caras y construyó con ellos poliedros que puso a rodar como si fueran cardos arrastrados por el viento. Así multiplicó todos los objetos y los acontecimientos, convirtió a la ciudad en un calidoscopio y ahora no es posible distinguir cuál es la catedral y cuál es un reflejo. Cada ciudadano es muchedumbre, cada segundo es infinito. Así es como vinimos a parar a esta realidad desordenada, a este mundo inextricable, a este juego de reflejos en donde la ciudad se oculta de sí misma y nosotros acabamos perdidos en un dédalo de imágenes falseadas.
Texto 2
“Escribo, desde hace más de treinta años, notas en hojas de cuaderno y folios sueltos que almaceno después en los cajones. De vez en cuando reúno las que tengo más a mano y las encuaderno en tomos que vuelvo a guardar. Todas las tardes de verano escribo la marcha del sol sobre los muros, y las de otoño relato el olor desagradable del poder que se pudre. Así fue como llegué a llenar mi casa de papeles. Creo que sólo he podido redactar un texto y tantas variaciones como sean necesarias para llegar a perfeccionarlo. El problema fundamental es que no he podido, todavía, precisar el conflicto. Llevo una vida silenciosa en la que las cosas pasan con la naturalidad del amanecer y de la brisa. Guardo en mi escritorio un texto y mil espejos. Acumulo también cicatrices y achaques que hacen menos espantosa la infinita soledad del cementerio. Si un conflicto pudiera detectar, a estas alturas de mi vida, sería el del poder y la culpa; pero sé, de antemano, que acabaré derrotado por la bestia. Al final descubro que la bestia es de palabras y no se puede vencer con las palabras. Tal vez por esto no me queda más remedio que guardar silencio y cerrar mi aventura con la descripción minuciosa del cuchillo, la pistola y el veneno.”
Lo más curioso de la historia es que el falseador pasó por la ciudad casi totalmente inadvertido. Se le trató siempre como a un ciudadano común y corriente, promedio, adaptado, discreto. Sólo nos dimos cuenta de su función de virus, de factor que distorsiona, cuando nos percatamos del efecto terrible de sus fabulaciones, cuando pudimos ver sus marcas: una piedra removida; una incisión con cortaplumas en un árbol; un indeleble graffiti sobre un muro perdido; llegó incluso a falsear las estaciones cuando hizo florecer un tulipán en el verano.
Texto 3
“Exploro con frecuencia las fachadas en busca de algún hueco que me sirva para guardar recuerdos. No lo necesito muy grande, apenas una muesca, una grieta, el oculto camino que trazan las termitas. Mi memoria no es muy grande, tampoco es importante, no contiene momentos deslumbrantes ni verdades enormes o definitivas. Todos mis recuerdos son efímeros, trazos con gis que se deshacen. A pesar de todo, me gusta encontrarles un lugar para dejarlos: una fisura en la cantera, la entrada de una cerradura, el cráter que produce una gota de lluvia cuando golpea en la arena. Los pongo en cualquier parte para dibujar con ellos el mapa de la cárcel que me tiene prisionero.
A veces no sé qué decir, redacto frases absurdas o la trama de una historia inexistente. Escribo por ejemplo: el sol se deja caer en la oculta hendidura del oeste, y también: un bosque es el incendio que todavía no empieza. Al mismo tiempo que anoto cosas sin sentido en el cuaderno, pienso en la tragedia de una hormiga en la sequía; en la sangre que barniza el pavimento; en el poder que fabrica cementerios y falsas jerarquías.
Tengo, la tentación de construir un personaje, alguien más bien débil, inseguro y vanidoso, que pierda el tiempo en los cafés y en las calles con la mirada perdida en lo invisible. Un personaje que pretenda dibujar el mapa de la ubicación exacta de las dunas y del contorno preciso de las nubes. P, desde luego, fracasará en su intento, porque, tarde o temprano, se levantarán los vientos y no dejarán arena sobre arena. Por eso escribo cada lunes acerca del sol que se detiene a calentar los muros en los que anidan las palomas, o de la escritura extraña que representa una ciudad en el papel ocre del desierto. Es evidente que yo soy el personaje y, con un texto, abono la tierra que guardará mis cenizas por los siglos de los siglos.”
No te puedo contar completa la historia del falsificador, no la conozco. Supe que nació en febrero, en el seno de una familia numerosa. Su padre, un empleado, fue longevo. Su madre murió joven de una infección y tanto parto. Lo demás no se conoce, su vida fue una copia de otras vidas, tantas que resulta imposible distinguirla. Dicen que murió de viejo y nunca supo el sentido de su vida; otros afirman que se volvió loco por su fracasada obsesión de lograr el texto perfecto. Alguien más sugiere que se suicidó porque fue incapaz de soportar las pérdidas; los más imaginativos creen que se convirtió en palabras y anda perdido entre sus folios.
martes, 5 de febrero de 2008
La misión
El Maestro razonó de la siguiente manera: “Si logramos construir todas las frases posibles, con la combinación de veintisiete letras, una de ellas tendrá que ser, indudablemente, la fórmula de la inmortalidad”. Movido por esta convicción el Maestro comenzó a elaborar frases. Pronto se dio cuenta que la tarea resultaba, para él solo, francamente imposible, así que consiguió discípulos que le ayudaran en la búsqueda. Aun con varios ayudantes la meta parecía inalcanzable. El maestro sólo hacía dos cosas: conseguir seguidores y escribir frase tras frase con la pretensión de redactarlas todas. Ha pasado mucho tiempo. El maestro murió, y sus discípulos, y los discípulos de los discípulos. Ahora todo el pueblo dedica parte de su tiempo a fabricar frases, incluso seguidores de otros pueblos colaboran con la misión. Hay disidentes que afirman que todos estamos errados, que el razonamiento del Maestro es una falacia, que así como podríamos encontrar la inmortalidad también es posible dar con la puerta que conduce al engaño y a la destrucción. Los disidentes son pocos y tenaces. Por lo que a mí toca ya no hago caso de esas discusiones, me parecen vanas, acabaron por cansarme, sólo escribo frases mientras escucho el grito de dolor y el ruido ensordecedor de las explosiones y derrumbes.
sábado, 12 de enero de 2008
No hay fantasmas
En la casa museo de Manuel José Othón, me lo han dicho muchas personas, merodean los fantasmas; sobre todo en las noches de noviembre. Ante tanta insistencia decidí que debía certificar la veracidad de los dichos. Una ocasión pedí, al Señor administrador, que me dejara encerrado en la casa de tal manera que no pudiera salir aunque me atacara el miedo. Las cosas ocurrieron como lo suponía, al filo de la media noche iniciaron los ruidos y me di a la tarea de identificarlos uno por uno: una rama movida por el viento; la gotera que, en el silencio nocturno, se oía coma cascada; una puerta que azotaba el aire; el ruido de un bote que los gatos tiraron durante sus peleas; el crujir de los alambres de los tendederos; los ecos de la ciudad en calma. Durante la noche cada sonido se agiganta, adquiere una calidad distinta, y tal vez por eso surgieron los rumores de las almas en pena en el museo. Mi propósito era pasar tres noches en vela y así lo hice. Por ningún lado aparecieron los fantasmas, nada que pareciera provenir de los mundos de ultratumba, cada sonido y cada sombra tienen un origen y una explicación anclada en este mundo y en su cotidiano trajinar de causa y efecto. Así que, una vez probada la inexistencia de fenómenos extraños, agotado por las dos noches y media pasadas sin dormir, abandoné la casa para buscar descanso, como la puerta estaba muy bien cerrada tuve que atravesar el muro para incorporarme a la procesión de sombras en la noche.
sábado, 5 de enero de 2008
Pensativo
Pensativo, frente a una hoja de papel y pluma en ristre, dibujó el contorno de su propia mano y luego escribió, con letra menudita sobre la mano dibujada, los rasgos principales de una biografía. Empezó por el pulgar y una vez lleno se subió hacia el índice. Mientras realizaba el ejercicio le asombraba la cantidad de datos que cabían en cada dedo. Para cuando llegó al medio ya estaba contada su infancia y juventud. En el anular relató su adultez, ahí se vaciaron sus secretos más terribles, sus miedos persistentes. En el meñique relató su historia clínica, un recuento de pérdidas y achaques. No alcanzó a llenar este dedo, lo encontraron muerto al atardecer. Dijo el médico que murió por un derrame cerebral masivo. Sin embargo, inexplicable, el análisis post mortem reveló envenenamiento, tenía elevadísimo el nivel de tinta en la sangre y en el hígado.
miércoles, 2 de enero de 2008
Memoria
Tengo la firme convicción de que la memoria se me rompió en pedazos. Era como una caja grande, de cristal, y una noche, mientras volaba en sueños, se precipitó al vacío. A partir de ahí me dediqué a buscar las esquirlas para repararla. Traté de armar el mapa con cada recuerdo levantado, con cada imagen que rescaté del tiempo. Pero, a pesar de todos mis esfuerzos, sólo pude construir fantasmas, monstruos, pésimas copias de una realidad que se deforma y desvanece. Una tarde, por fin, di con la clave; encontré la pieza maestra, la que da sentido a todos los fragmentos. Ocupé semanas, y meses, en reconstruir el recipiente, no comí, no dormí, todo mi empeño fue puesto en la colocación de los trozos. No rehice, sin embargo, la trama original de mis recuerdos. Cuando creí haber terminado la tarea traté de alejarme para contemplar mi obra. No pude. Sin darme cuenta terminé recluso en mi propia memoria, y ahora vivo prisionero en una caja de cristal que me impide ver con claridad el horizonte.
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